sábado, 20 de mayo de 2017

SÁBADO POR LA MAÑANA

Hoy me he despertado a las siete de la mañana. Los sábados no tengo activado el despertador, y el móvil yace mudo en mi mesilla junto a la novela de Bram Stoker: Drácula.
Sí, he vuelto a empezar a leer este libro. Ya lo leí hace unos años y me apetecía volver hacerlo. Quizá porque quiero que se me borre aquella sensación que tuve al terminar de leerlo por primera vez de que tenía entre mis manos la novela romántica más curiosa que había leído. En fin.
Aún con la ventana del dormitorio cerrada, la cual da a la parte de atrás de la casa, van llegando hasta mi el canto de algunos pajarillos. En cuanto entre un poco más la primavera quiero coger el equipo de audio que utilizo en los rodajes y salir al jardín a grabar el concierto que cada mañana jilgueros…gorriones…y demás pajarillos me brindan de manera improvisada.


Hecho una "bolita" en los pies de la cama está el pequeño Ulises, mi perrito. No tardará mucho en percatarse que estoy despierto y entonces saltará de la cama en busca de su pelota para invitarme a jugar con él.

Y a mi lado, bueno mejor dicho, en su lado de la cama está Laura. Por un instante he pensado en despertarla, pero me gusta verla dormir. Ahora tiene el pelo…caoba creo que se llama así. Está cada dos por tres cambiándoselo. Y está preciosa. Tiene un mechón de pelo que le cae por el rostro. Con cuidado se lo retiro. No se despierta. La despertaré cuando el café esté listo.
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Anoche estrenó un nuevo conjunto para dormir: pantalón corto color…beige (más o menos) y camiseta de tirantes haciendo juego. Hicimos el amor. Me gusta sentir su pequeño cuerpo entre mis manos (ella es algo más pequeña que yo). Sentir la pasión de sus besos…de sus caricias…gozar de la juventud de su mirada.

Mientras se hace el café he puesto la comida al pequeño Ulises, que ya zascandilea por el jardín. He abierto la puerta de la cocina, que da al jardín delantero de la casa, al igual que la puerta del salón. Solemos utilizar más la entrada de la cocina. Es una cocina grande, en la que incluso tenemos una televisión. De siempre me han gustado esas cocinas grandes que aparen en las sit-com o comedías de situación, en donde las familias protagonistas hacían prácticamente la vida.

El jardín tiene seis árboles, y al menos en dos de ellos, estos días he descubierto varios nidos de jilgueros.
He dejado la puerta de la cocina abierta, y hasta el interior llega el agradable sonido del canto de los pajarillos. Justo cuando salía el café, Laura ha entrado en la cocina. Se ha cambiado de ropa. Lleva una simple camiseta blanca de manga corta y un pantalón largo color negro. Me da un beso, nos besamos sería más preciso decir. Me comenta que tiene ganas de que se estabilice el tiempo para poder desayunar por las mañanas en el jardín. Es verdad que todavía hace algo de fresco por las mañanas, y hoy en particular corre una ligera brisa que agudiza un poco más la sensación no de frío, pero sí de un fresco algo molesto.

Tomamos café en la mesa situada en el centro de la cocina. Ulises corre por la casa en plan de juego detrás de uno de los gatos que tenemos. Reímos al verles jugar, pero en nuestra mente ronda todavía la conversación de la noche anterior.

La conversación derivó…o salió a raíz de la serie Friends. Ambos nos hemos “reenganchado” a la mítica serie. Y Rachel Green ha entrado en nuestras mentes de forma que ni nos hemos dado cuenta. Quiero decir que hemos visto en la serie como el personaje de Rachel se ha quedado embarazada y posteriormente ha dado a luz a una preciosa niña. Luego, hemos visto igualmente como Mónica y Chandler se han casado y pretenden adoptar un niño, o niña.

¿Cómo sería traer a este mundo a un niño? Me preguntó Laura antes de irnos a la cama y mientras veíamos la serie.

Hasta ese momento no habíamos hablado de ese tema. Es verdad que la presión “subliminal” que ejercen nuestros padres por querer ser abuelos está ahí cada día. Y reconozco que me encantaría hacer abuelos a mis padres. Se lo merecen. Mis padres son algo más mayores que los padres de Laura, y no me gustaría que se perdieran la experiencia de “mal criar” como todo buen abuelo, a su nieto/a.
Algunas de nuestras parejas de amigos ya tienen hijos o en su defecto lo andan buscando. Y desde hace un tiempo siento que no me molestan cuando vienen a casa invadiendo todo con los carritos…los llantos de los bebes… Y he visto a Laura algunas veces con uno de ellos en brazos y…le sienta bien.

Pero… ¿precisamente ahora? Quiero decir que la situación no es estable al cien por cien en lo que al trabajo se refiere. Por otro lado la casa requiere de algunas reformas y luego…no sé, no termino de estar completamente a gusto en la casa. No me gusta el sitio donde está ubicada…no me gusta el pueblo…
Creo que el ser humano necesita una especie de “vinculo” por decirlo de alguna manera con el lugar, con la casa, donde vive, ya sea emocional…práctico…pero no es mi caso.

Quizá… ¿sería el traer al mundo una criatura con Laura el “vinculo” que busco? ¿Qué necesito?

Terminamos de tomar café, con el “run run” en nuestras cabezas de el de formar una familia. Porque al final sería eso: formar una familia. Pero no decimos nada.

Tenemos planeado para este sábado coger el coche (su coche porque el mío está estropeado desde el miércoles) y hacer unos cuantos kilómetros. Buscar lugares que nos gusten y fotografiarlos, comer en algún pueblo por el que pasemos…En fin…algo así, porque el domingo tenemos fiesta en casa. Reunión sería la palabra correcta. Soy un apasionado del fútbol inglés, creo que soy británico de corazón porque adoro Inglaterra en líneas generales, y la premier inglesa acaba este domingo. Un par de parejas de amigos vienen a comer y ya de paso veremos (nosotros si, ellas seguro que salen al jardín a tomar café y charlar) el último partido de la temporada del United. No es que haya hecho una buena temporada, todo lo contrario, pero soy un Red Devil.

                                    

                                              ¿Continuará?



martes, 16 de mayo de 2017

CAPITULO 28 CONFESIONES

Buenas tardes.

Gracias por visitar...leer...comentar...

Esta semana un nuevo capítulo de "La historia de la ciudad sin árboles"




El ambiente en el interior de la cafetería resultaba bastante agradable. Sin duda alguna lo que buscaban para protegerse del intenso frío de aquella tarde. Aunque estaba muy concurrido el local, tuvieron suerte y encontraron una mesa libre, junto a uno de los ventanales. El olor del café, el chocolate, la bollería recién hecha, inundaba todo el establecimiento.

Durante unos instantes, mientras se quitaba el abrigo y lo dejaba sobre el respaldo de la silla, Marta dejó que toda aquella mezcla de aromas y olores le inundasen por completo. Incluso cuando se sentó, cerró los ojos y disfrutó de aquel momento hasta que lentamente fue abriendo de nuevo los ojos. A la vez, que todos aquellos agradables olores se hacían ya a ellos dos, y la agradable sensación al entrar fuese acoplándose paulatinamente, haciéndose parte de ellos.
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-La noche de la muerte de Mario ocurrió algo en el apartamento- murmuró mirando a su padre cuando la joven camarera tomó nota de lo que iban a tomar padre e hija y se dirigió hacia el reservado para camareros.

-¿A qué te refieres?- R no quería que su hija se atormentase demasiado con aquel incidente, pero por otro lado, reconoció para sí mismo, era bueno que la chica “soltase” todo lo que pudiese llevar en su interior.

Y después de que la camarera regresase con los dos cafés y la ración de churros (ninguno de los dos era capaz de comerse una ración cada uno) Marta le contó en voz baja, casi en un hilo de voz, todo lo sucedido en el cuarto de baño. Lo de aquella “cosa” que parecía no querer dejarla salir y como le iba atrapando lentamente para luego, sin más, desaparecer. Después, al terminar el relato, volvió a bajar la mirada hacia la mesa y sin apenas ganas dio un pequeño sorbo de café. Los churros descansaban en un plato en el centro de la mesa, solo R había cogido ya dos mientras escuchaba el relato de su hija, pero esta no parecía querer comer nada.

R dejó que pasasen algunos segundos en silencio después de que su hija hubiese terminado de hablar. Pensó un poco en todo lo que le acababa de contar. Últimamente tenía la extraña sensación de que estaban ocurriendo cosas demasiado “raras” para una ciudad como aquella. Aunque pensándolo bien, la ciudad en sí no era muy normal, por tanto…

-Deja que pase un tiempo ¿vale?- Fue lo único que se le ocurrió, a la vez que un estruendoso ruido proveniente de la cocina de la cafetería llamaba la atención de casi todos los clientes. Al parecer un par de platos habían decidido saltar al vacío desde las manos de la cocinera. El resultado: un montón de pedazos de cristal color verde oscuro por todo el suelo de la cocina. El ruido cesó y los clientes de nuevo volvieron a lo suyo.

-Come un par de churros hija- R intentó animarla en voz baja.- Están calentitos, y muy buenos.

Marta lo miró y sonrió en silencio. Con gesto pesado cogió uno que poco a poco se fue comiendo.