sábado, 24 de junio de 2017

Recuerdos de juventud

Ayer, aburrido en el sofá por el calor, con el mando a distancia en mi mano izquierda (soy ambidiestro, pero algunas tareas me resultan imposible con la mano derecha) iba pasando uno a uno los canales buscando algo que ver, algo que hiciera que las dos siguientes horas dejasen a un lado la pesadez de la ola de calor que sufrimos.

Y en uno de los canales, no recuerdo cual, vi un fragmento de EL ascensor (1983). Ese fragmento de lapelícula me traslado inmediatamente a unos años inolvidables. A los años en los que empezábamos a salir en grupo con los amigos. De hecho, El ascensor fue la primera película que vi con los colegas en el cine. La primera vez que salí sin mis padres.


Mis pesetas en el bolsillo… el “quedamos en el portal de Luis”… el “¿viene Marta también al cine?...

Una de la saga de Viernes 13, no recuerdo cual, fue mi segunda película con los colegas.

Que agradable resulta recordar aquellos tiempos tan lejanos ya. Algunos detalles se difuminan en el áspero universo de la memoria, pero otros perduraran con nosotros para siempre. La película del sábado noche…el partido de fútbol con el equipo del barrio en donde estábamos expectantes por si la chica había venido con sus amigas a vernos jugar.


No sé si los tiempos cambian… si cambiamos nosotros… quizá sea un poco de ambas cosas.

Un día de repente dejan de gustarnos las películas de terror o nos volvemos más exigentes a la hora de elegir cual vemos. Un día, esa chica que preguntábamos si vendría también al cine, o a la que buscábamos con ansiedad en la banda del campo de fútbol mientras nos preparábamos para jugar, se queda atrás en nuestra vida. O simplemente un día toma otro camino diferente pero paralelo al nuestro.

Cada día, cada año, cada recuerdo…cada beso…cada lágrima…es importante en nuestra vida. Por eso, al ver un fragmento de una mala película en la televisión, nos traslada a una parte específica de nuestra vida. Como si fuese un olor, un sabor.


Pensamientos de un sábado por la tarde.  

martes, 20 de junio de 2017

CAPÍTULO 30 PARTE 2 SOMBRAS EN LA OSCURIDAD


R vio alejarse el coche de la forense. Tranquilamente sostuvo el sombrero con ambas manos, y miró a su alrededor. El edificio anatómico forense se alzaba imponente a lo largo y alto de cinco pisos de altura justo a su izquierda. Algunas luces, seguramente de oficinas, estaban encendidas. Todavía había personal trabajando. No todos tenían los mismos horarios de entrada y salida. ¿Qué había insinuado Eva? ¿Qué podrían estar relacionados todos esos crímenes? ¿Qué algo que no era humano estaba asesinando en la ciudad?  Volvió hacia el taxi. Tenía ganas de llegar a casa. Estar con Isabel. Menos mal que el trayecto era corto.

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Cuando llegó al taxi, subió al interior resoplando y acomodándose en el asiento. La temperatura descendía considerablemente. Resultaría un invierno bastante duro.

-Calle 57- dijo colocándose el abrigo tras cerrar la puerta.-No espere.- R mantuvo un instante el silencio, como pensativo. Aunque le apetecía regresar junto a Isabel, algo lo azotó la mente. Un toque sutil, pero que fue suficiente para cambiar de idea tan rápidamente.- Vayamos antes a la 24.

El taxista activó el contador a la vez que contestaba con un simple y monótono “Ok, el señor manda”. El coche giró en la misma calle y se dirigió hacia la 24.

Fue un viaje corto. Poco antes de llegar ordenó al taxista que parase justo antes de girar a la calle 24. Y que lo esperase, que no tardaría mucho. Descendió, abrochándose de nuevo el abrigo y subiéndose el cuello para protegerse del frío, avanzó hacia la esquina de la calle 24 donde estaba la librería de Lucia. Todavía era hora de comercio por lo que seguramente todavía la encontraría abierta, en caso de que ella si respetase el horario y no hiciese como muchos comerciantes. Avanzó por la acera, con las manos en los bolsillos y mirando un instante hacia el taxi para cerciorarse de que lo esperaría. No había demasiada gente por la calle. Caminó algo rápido, hasta detenerse a una veintena de metros de la librería. Se acercó a la puerta de un edificio y se ocultó en el hueco del portal, sin perder de vista el ventanal y la puerta del establecimiento. Todavía estaba abierta la librería y la luz del interior teñía suavemente la acera. 



Tuvo que cruzar la calle y situarse tras una furgoneta para poder ver mejor el interior. Aguardó unos segundos en silencio y con las manos en los bolsillos. Al otro lado del cristal, el mostrador estaba desierto. Tampoco había ni rastro de Lucia, al igual que de ningún cliente en ese momento. Movió la mirada e intento ver algo más de la tienda, pero entre el escaparate y la puerta había pared, por lo que era imposible ver algo justo en esa parte. Pero la propietaria de la librería apareció. R se centró en ella. No quería ni pestañear, no perderse nada de lo que pudiese hacer, por banal e intrascendente que fuera. Lucia rodeó el mostrador. Llevaba una especie de cuaderno. Lo abrió y empezó a ojearlo. R movió la cabeza. Tenía que hablar con ella. Observarla desde la lejanía no le llevaría seguramente a buen puerto.

Lucia miró su reloj de pulsera. Apenas veinte minutos para las ocho de la noche. Había sido una jornada bastante tranquila, sobre todo la tarde. Últimamente las tardes eran demasiado tranquilas. En su mente rondaba la idea de irse directamente a casa y darse un baño relajante. Sumergirse en la bañera llena de agua y cerrar los ojos. Relajarse, dejar que el agua caliente le transportase durante unos minutos a otro mundo. A un mundo sin…

La puerta se abrió. Sus pensamientos volaron, esfumándose de golpe. Cerró el cuaderno que durante unos minutos había estado ojeando, pero que al final solo miraba, sin llegar a ver, mientras su mente se relajaba en la bañera llena de agua caliente y espuma. Levantó la vista y vio a un hombre que quizá llegase al uno ochenta. Con un abrigo de color negro con el cuello subido y un sombrero. El hombre avanzó hasta el mostrador, quitándose el sombrero a la vez que avanzaba. R se detuvo frente a la propietaria del establecimiento.

Él la recordaba perfectamente, pero quizá ella no le recordarse.


-Buenas noches- dijo tranquilamente.