sábado, 8 de julio de 2017

SORPRESA


Llegó por sorpresa, como siempre. Y tuvo que reconocer que fue una sorpresa muy agradable. Su, hasta en ese momento, decaído estado de ánimo desapareció al instante nada más abrir la puerta al oír el timbre y ver su preciosa figura. No esperaba su presencia desde luego. Dos besos, y entraron al salón. Tenía la televisión encendida y un refresco sobre la mesa.

-¿quieres una coca cola?-

-Vale. Pero tranquilo, voy yo a por ella-.

Desde luego sabía dónde guardaba la bebida. Conocía aquella casa bastante bien. De hecho hacía unos meses que “se lanzó” como se suele decir y le propuso vivir juntos. No quiso. No dio una respuesta clara. Él no insistió. Llevaban casi dos años en un incómodo “tira y afloja”. Al menos para él. Con lo sencillo que podía ser todo. 

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Cuando regresó al salón se sentó en el sofá, rozándole con sus caderas. Bebió y le preguntó qué estaba viendo.

–Viernes 13-

-Joder, ¿cómo te gustan esas películas? -preguntó.

–Me gusta el terror-

-Eso no da miedo-

-¿Quieres que apague la televisión?-

-No. ¿Puedo fumar aquí? Preguntó.

Sabía que él no soportaba el humo. Siempre le falta el aire cuando alguien fuma a su lado. Se acercó a la ventana y la abrió. El canto de algún grillo de fondo, y el frescor de la noche de primeros de septiembre inundó el pequeño salón. Vio que aquello que empezó a fumar era un “porro”.


-Lo malo es que cuando fumo esto, después me follaría un árbol- Dijo clavando sus ojos marrones en el joven.

Él la quería, ella seguramente a él no. Pero siempre rondaba su casa, coqueteaba con él. Nunca se habían acostado. Se levantó entonces del sofá y se acercó a ella. De manera juguetona le lanzó una bocanada de humo a la cara. Tosió. Ella sonrió y aplastó lo que quedaba de su “porro” en el alféizar de la ventana. La besó en los labios. Notó su sabor, aquel sabor que llevaba demasiado tiempo deseando solo para él. La joven aceptó aquel beso, incluso lo alargó algunos segundos más. La ventana se quedó abierta. Arriba, la luna llena dejaba una noche muy clara. Había sido un día bastante caluroso y en cuanto se escondió el sol, había regado el jardín lo que hacía que en esos momentos todavía pudiesen sentir el aroma de la tierra mojada entrando por la ventana.

-¿Por qué has hecho eso?-  preguntó con un claro tono de voz que rozaba el nerviosismo.

Toda esa tranquilidad, control de la situación al echarle el humo en la cara, era como si hubiese sido una simple fachada. ¿Acaso no esperaba que finalmente la besase? Sus rostros estaban a escasos centímetros el uno del otro. Le resultaba agradable sentir el aliento de ella tan cerca de él. Ver como sus ojos se movían nerviosos entre su boca y sus ojos.

 –Porque te quiero, y estoy harto de que me vaciles como lo haces- Al escuchar esas palabras, que no era otra cosa que la más absoluta verdad respecto a lo que sentía por ella, le miró unos segundos en completo silencio y sonrió. Sus labios se arquearon tímidamente por la sonrisa. Cogiendo las manos de él acercó sus labios y le volvió a besar.

–Mañana hablamos-

Y mientras ella salía de la casa, él pensó si no estaría perdiendo el tiempo. No bastaba con quererla como nunca había querido a nadie si ella no sentía lo mismo. O al menos no con la misma fuerza.

La puerta de la casa se cerró. Lentamente volvió a sentarse en el sofá sintiendo que el sabor de ella tardaría en desaparecer de sus labios.

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martes, 4 de julio de 2017

CAPÍTULO 30 PARTE 4 SOMBRAS EN LA OSCURIDAD

-Está bien- Asintió R. Había que ir paso a paso, sin agobios. Si no había presión podría conseguir más de la mujer. Lo sabía por experiencia. La gente hablaba antes si no se le presionaba. Se acercó a la puerta, que lo esperaba ya abierta. Se puso de nuevo el sombrero, pero justo en el momento de cruzar el umbral de la puerta se detuvo y se giró mirando a la mujer. Sus miradas se cruzaron un segundo. Tenía unos ojos preciosos, pero cansados y algo aterrados en ese preciso instante.

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-¿Está segura? Podría ser la principal sospechosa del crimen- R intentó forzar un poco a la mujer. Solo un poco, sin llegar al agobio. Aunque habló con tranquilidad. Sin levantar la voz.

-Puedo asegurarle que yo no le pegué los dos tiros a ese joven.- Confesó en voz baja Lucia. Mostrando a la vez, una imperiosa necesidad y urgencia de que el detective saliese de su establecimiento y así poder cerrar la puerta. Por su parte, R aguardó unos instantes. Desvió la mirada hacia la noche que rodeaba ya desde hacía casi un par de horas la calle. Después volvió de nuevo a mirar a la mujer.

-Dos tiros- murmuró el detective moviendo la cabeza ligeramente.- No recuerdo haber mencionado la forma en que el joven fue asesinado.

Lucia cerró un instante los ojos. El detective llevaba razón. No lo había mencionado. Pero intentó controlarse.

-Vallase, se lo ruego. No sabe dónde se está metiendo.

R la miró un instante. Del interior del abrigo sacó una tarjeta.

-Este es mi número. Si decide contarme algo más…-

Lucia cogió la tarjeta. Después en completo silencio R terminó de salir de la librería y tiró calle arriba, donde esperaba que continuase aguardando el taxi. A sus espaldas, pudo oír la puerta cerrarse, y casi enseguida a continuación el sonido del cierre interior. Introdujo las manos en el abrigo. Hacía frío. Era hora de recogerse. 




Casi veinte minutos después, el taxi lo dejaba frente al portal de su casa. La oscuridad ya invadía por completo hasta el último rincón de la ciudad. Todos los comercios ya parecían haber cerrado, y apenas se podía ver gente por la calle. Aquello tenía muy mala pinta. Nunca antes los ciudadanos habían tenido tanto miedo. Antes de entrar en el portal levantó la mirada y vio la luz encendida de su piso. Le gustaba aquella sensación, la de saber que Isabel esperaba en casa. Bajó la mirada, hacia el portal. Rebuscó en el bolsillo del pantalón las llaves, pero entonces algo hizo que girase el cuello hacia la izquierda.

No sabría si fue algún ruido…un susurro…o la misma sensación que se tiene cuando se sabe que lo están vigilando a uno. Espiando sería la palabra correcta. Pero algo había notado. A su izquierda la estrecha calle se sumergía entre las sombras de la noche. Las luces de algún coche…algún ladrido perdido de un perro…un bar abierto, sin apenas clientes y a punto de cerrar…y al final de la calle una figura. En medio de la acera, una figura oscura que parecía observarlo detenidamente. R quiso guardar de nuevo las llaves en el bolsillo, y por su mente pasó fugazmente la idea de correr hacia esa figura, hacia esa persona que parecía seguirlo allá donde fuera. Porque recordaba que tras la salida de la librería y de vuelta a casa le había asaltado la sensación de estar siendo vigilado, que alguien lo seguía. Pero desechó la idea. Seguramente encontraría un momento más propicio para acercarse a quien lo estuviese siguiendo. Encontraría la manera de llegar a esa persona. Terminó por entrar en el portal.