martes, 11 de julio de 2017

CAPÍTULO 31 LA PROMESA

El reloj despertador de la mesilla marcaba las doce menos diez de la noche justo cuando con paso cansado entró en el dormitorio. Encendió la luz y se dirigió hacia el armario. Abrió la puerta de la izquierda y rebuscó en la repisa más alta. Al fondo, tras una vieja manta, encontró una pequeña caja fuerte de color rojo, que depositó sobre la cama. Del fondo del bolsillo del pantalón sacó su habitual llavero. Entre las llaves del piso y la oficina había una más pequeña que el resto. Sin sacarla del llavero se arrodilló junto a la cama y abrió la pequeña caja fuerte. 


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Del interior extrajo su Lot 580 - Taurus - Model 454 Raging Bull. La misma que llevaba algunos años sin utilizar. Sin levantarse la sostuvo entre sus manos. Llevaba todo el día pensando que el caso de Pedro el informático parecía algo más serio de lo que en un principio creyó. Tenía la extraña sensación de que algo grande podría ocurrir. Y no vendría mal desempolvar su viejo revolver. Solo por si acaso. Porque ese “por si acaso” parecía estar observando todos sus movimientos en los últimos días, sobre todo por las noches.

-¿Te ocurre algo cariño?- La voz en un evidente tono de preocupación de Isabel acarició el silencio del dormitorio.- Llevas toda la noche bastante preocupado.

R levantó la mirada. Isabel avanzó por el dormitorio hasta sentarse suavemente en el borde de la cama, junto a la caja fuerte. Haciendo que ésta se volcase ligeramente hacia ella al bajar el colchón. Sus miradas se cruzaron un instante. El detective reconocía que la idea de llevar de nuevo el revolver lo había tenido absorto durante la cena. Bajo la mirada de Isabel, dejó el arma sobre la mesilla, y de la caja fuerte sacó la pequeña caja de munición que le quedaba. Si decidía llevar las veinticuatro horas del día el revolver además tendría que comprar un par de cajas más de munición. Y cerciorarse de que su licencia seguía vigente. Seguramente seguiría vigente. La caja de la munición también quedó en la mesilla, junto al revolver. Y la caja fuerte regresó al fondo del armario, el cual cerró con cuidado antes de mirar a Isabel.


-¿Me prometes una cosa?- R se arrodilló frente a Isabel y le cogió con dulzura las manos. Aquello parecía en toda regla una declaración de amor. Pero era algo muy distinto lo que pasaba por la mente del detective en esos momentos. Isabel lo miró sin saber muy bien que decir. Aunque estaba algo asustada.

-Qué quieres que te prometa.

-Si en algún momento en los próximos días, te pido que te vayas una temporada fuera de la ciudad ¿lo harás? ¿Lo harás por mí?

Isabel sabía que algo preocupaba a su detective. Pero nunca por su mente había pasado la opción de dejarlo solo.  Aquellos pensamientos retrasaron unos segundos su respuesta, y R lo interpretó como una duda, como si no le gustase aquella propuesta.

-Por favor. No me gustaría que te ocurriese nada por mi culpa, por mi trabajo.

Isabel lo miró a los ojos. Nunca antes lo había visto tan preocupado por motivos de trabajo. Unos ojos que era evidente que anunciaban preocupación por ella.

-Claro, cariño- respondió pasados unos segundos acariciando suavemente el rostro del hombre- Si eso es lo que quieres…así lo haré.

R sonrió ligeramente. Se abrazó a la mujer, hundiendo su rostro en el pecho de ella, que subía y bajaba con un ritmo lento, tranquilo. Incluso relajante. El detective sintió que se podría quedar en aquella posición durante horas. Sintiendo y gozando de la tranquilidad y el calor que el pecho de aquella mujer le brindaba. Noto como los dedos de ella se enredaban en su pelo, como acariciaba lentamente su flequillo, para terminar dándole un beso en la cabeza. “No pasa nada cariño” oyó que murmuraba Isabel “yo estoy a tu lado”. Las palabras cruzaron la oscuridad de sus ojos cerrados, para fundirse en su corazón, en su cerebro. En su memoria. Realmente se sentía muy afortunado de tener una mujer como Isabel en esos momentos de tranquilidad, de paz. Algo que sin duda alguna tenía el presentimiento de que más bien pronto que tarde terminaría por fracturarse de manera violenta. Porque ese era el presentimiento que lo inundaba. Que no lo dejaba centrarse al cien por cien en la oficina cuando se sentaba frente al ordenador para el papeleo habitual de su agencia. Y por nada en el mundo querría que ella, que Isabel, estuviese en el medio de todo.