jueves, 19 de julio de 2018

CYBORG


Hace unos años (más de quince para ser sinceros) escribí un guion titulado Cyborg.

No fue hasta el 2012 cuando empecé a estudiar dirección cinematográfica, cuando apareció la oportunidad de llevarlo a imágenes con ciertas garantías.



Hace más o menos un mes, empecé a escribir un relato con el mismo título basado en el cortometraje. 

Un relato, que al igual que en el cortometraje habla sobre la tecnología y su uso. Sobre si somos ya victimas de nuestros propios inventos. 


Ahora, puedes adquirir el relato por tan solo 0,99€ pinchando aqui










miércoles, 20 de junio de 2018

Dueños de las Sombras


Buenas tardes. Recién salidas a la venta UNA HISTORIA MÁS que puedes descargarte pinchando AQUÍ y LA HISTORIA DE LA CIUDAD SIN ÁRBOLES que puedes descargarte AQUÍ, ya estoy metido de lleno en lo que será mi próxima novela: DUEÑOS DE LAS SOMBRAS. Un relato repleto de acción, terror misterio. Una historia que cuenta la eterna lucha del bien contra el mal.

Aquí os dejo un pequeño adelanto. El capítulo 1.



Berlín, mayo 1945.

Hacía algo más de diez años que había visitado Berlín por última vez. Entonces fue en un fugaz viaje de novios. Llevaba casado ya casi un año con Alanis, pero no fue hasta pasado unos meses cuando pudieron hacer el viaje que tanto deseaban y tenían que haber hecho al día siguiente de la boda, tal y como les decía su padre.
Ahora, pisando de nuevo las calles berlinesas, su corazón luchaba contra sentimientos encontrados. Tuvo que hacer un tremendo esfuerzo por no llorar, por evitar que las lágrimas recorriesen su sudoroso y sucio rostro al contemplar aquel infierno, aquel devastador espectáculo que brindaba al mundo entero una de las ciudades más hermosas que hubiese conocido de la vieja Europa.
Nunca se imaginó ver tal nivel de destrucción. Apenas uno o dos edificios en cien metros a la redonda se encontraban todavía en pie, y enteros. Hacia su derecha, a escasos doscientos metros, entre toneladas de escombros y muerte, se encontraba el bunker del Führer.


Seguramente no llegaría a entrar y ver aquel sitio. Durante días enteros se decía que había sido víctima de saqueos, incendios…explosiones… Si las noticias eran ciertas, el responsable de arrastrar a ese bello país a la más absoluta miseria y hacerlo retroceder casi a la edad media, llevaba muerto varios días.
Pero nada de eso le interesaba, pensó mientras resoplaba y se sentaba en lo que antes había sido un precioso banco de hierro fundido y que ahora no era más que un amasijo de hierros entre los escombros. Se quitó el casco y se pasó la mano por el pelo empapado en sudor. Parecía un mes de mayo especialmente caluroso. Sintió colarse en sus pulmones el asqueroso olor a muerte que inundaba la capital alemana en los últimos años. Encendió su último cigarrillo y perdiendo la mirada en unos escombros que cubrían la entrada a una callejuela justo enfrente, se abandonó a unos minutos de paz y silencio. Un jeep cruzó en dirección contraria al bunker. Lo miró de reojos, era de los suyos. Podía incluso haber sido de los rusos, pero era norteamericano. Se encogió de hombros; la guerra ya había acabado, si no oficialmente si extraoficialmente. Y solo deseaba entregar aquel uniforme manchado de sangre y polvo, las armas y regresar a su casa junto a su esposa.
Algunos minutos después, cuando su bota izquierda pisaba la colilla del cigarro con pesada desgana, escuchó un ruido justo en frente, al otro lado de la desolada calle. Sabía que muchos de los civiles recorrían durante aquellos días las ruinas de lo que meses atrás fue su ciudad. Buscaban, todavía, a familiares desaparecidos, amigos, vecinos, algo de comer...
Pero cuando alzó la mirada no encontró a primera vista nada ni a nadie. Cogió el fusil y colocándose de nuevo el casco miró hacia el frente. Le pareció ver algo escondido, moverse, deslizarse incluso por entre los escombros.
Con paso lento y empuñando el rifle cruzó al otro lado de la calle. Cascotes enormes, paredes derruidas, vigas de madera partidas algunas y quemadas la mayoría. Miró a su alrededor. Sobre su cabeza, a la izquierda, pudo ver el interior del primer piso del edificio más cercano. Prácticamente solo quedaba en pie la estructura principal, las paredes que delimitaban unas habitaciones con las otras y las paredes que daban al exterior habían desaparecido. Todo en el interior estaba igualmente destruido y quemado.
Pero de nuevo volvió su atención hacia los escombros que cubrían la calle. A pocos metros pareció moverse algo entre unos ladrillos...unas puertas viejas y un pequeño carro de madera sin ruedas. Avanzó lentamente apuntando con el rifle.
—Seas quien seas sal de ahí ahora mismo—.Ordenó alzando la voz y sin dejar de avanzar con pasos muy cortos y lentos.
De nuevo un pequeño ruido, como si algo se arrastrase por el suelo y moviese restos de escombros con su propio cuerpo.
—No voy hacerte nada— insistió sin dejar de apuntar—.Será mejor que salgas.

Avanzó un par de pasos más, entonces sus pies se clavaron en el degastado asfalto de la calle. Estaba completamente rodeado de escombros y restos de muebles de las viviendas cercanas así como de algún que otro carro que en algún momento fue tirado por caballos o incluso bueyes. En ese momento su mirada se clavó hacia el frente casi en el centro de la calle, a poco más de dos metros de donde se encontraba en ese momento. Durante unos instantes apuntó con el rifle, aunque no sabía muy bien porqué lo hacía. Aunque no bajó el arma.
Tragó saliva. Sintió cómo el sudor frío resbalaba por su rostro cuando una figura que no parecía humana lo miró con ojos grandes y negruzcos desde el suelo. Su boca parecía más bien un agujero deforme que dominaba toda la parte inferior de una cabeza grisácea sin pelo y sin orejas.
Cada dos segundos, la boca se abría igual que la de un pez cuando está fuera del agua. Y al abrirse salía una especie de sonido cavernoso, como si le costase respirar o como si incluso estuviera gruñendo.
El dedo del soldado se movió suavemente por el gatillo del rifle pero no llegó a disparar. A pesar de aquel aspecto débil y repugnante a la vez, sintió algo de pena por aquella cosa que tras mirarlo unos segundos con aquellos negruzcos y grandes ojos, se arrastró torpemente hasta una alcantarilla cercana y por entre una rendija de algunos centímetros que dejaba al descubierto la metálica tapadera, el cuerpo se deslizó como si fuese de mantequilla.
No parpadeó ni un solo instante por miedo a dejar de verlo. Hasta que finalmente aquella “cosa” desapareció por la entrada de la alcantarilla.
Durante su participación en la segunda guerra mundial había presenciado cosas terribles, horrendas, incomprensibles, pero aquella parecía sobrepasar todo lo visto hasta el momento.
Quiso acercarse al borde de la alcantarilla, intentar ver si aquello había desaparecido del todo y solo estaba escondido. Pero sus pies no reaccionaron. Y seguramente su cerebro tampoco hacia nada por mover las piernas.
Volvió a tragar saliva. El nudo en la garganta parecía no querer abandonarlo.

—Soldado—. Una voz autoritaria le sacó bruscamente de aquel extraño momento.
Se giró. Se trataba de Curtis, el sargento de su grupo. Amigos desde hacía varios años, ya que vivían en la misma ciudad y coincidían muchas veces para tomar unas cervezas. Se volvió hacia su sargento.

La alcantarilla quedó atrás. Unos días después regresó a casa y nunca supo qué podía haber sido aquella cosa. Y el recuerdo fue borrándose de su mente con el paso de los años.
Aunque no fue el único que presenció aquella escena.  




sábado, 17 de marzo de 2018

MI NUEVA NOVELA



Saludos.

Hace unos días salió a la venta mi última novela. La Historia de la Ciudad sin Árboles. Podéis adquirirla en Amazon y leerla completamente gratis con Kindle Unlimited.
Aquí os dejo el primer capítulo. 
          
          



EL JURAMENTO


Sencillamente se llamaba El Juramento. No existía papel ni documento en el que se observase alguna firma de ninguna de las partes comprometidas. Cada uno sabía muy bien qué hacer, qué parte del trato cumplir. Y como hacer que se cumpliese.

Hacía ya muchos años que se había “firmado” ese Juramento. No existió tinta ni estilográfica para sellar ese maldito acuerdo. Porque al final solo era eso: un maldito acuerdo que había condenado sin remedio a todas las gentes que allí vivían. La vida de los habitantes de la ciudad era la firma, aunque al principio las autoridades no lo supiesen. Sus vidas estarían a salvo si El Juramento se cumplía. O eso creían.



La primera reunión se llevó a cabo en el propio ayuntamiento. Por aquel entonces, el viejo Brooks, Jacob Brooks, hombre sencillo que la política corría por su venas, de aspecto bonachón con pelo blanco, barriga prominente, y que llevaba en el cargo desde hacía ya quince años, fue el primer alcalde que sucumbió ante el terror que acechaba su tranquila ciudad.

No dejaba de secarse el sudor de su rostro con un pañuelo que ya estaba bastante empapado. Miraba nervioso a tres colaboradores que en esos momentos le acompañaban en el despacho. Y volvía a pasarse otra vez el pañuelo para luego guardárselo completamente arrugado en el bolsillo derecho del pantalón.

— ¿Alguna noticia?— preguntaba dando cortos paseos desde su mesa hasta el balcón, cerrado en esos momentos y con la cortina descorrida. No se dirigía a nadie en concreto. Miraba unos instantes por el balcón, con las manos en los bolsillos, la imagen de la ciudad sumergida en la noche sin esperar respuesta. ¿Qué podrían saber sus propios colaboradores, que no supiese él?

Miró de nuevo el reloj una vez más en los últimos cinco minutos. Apenas pasaban algunos minutos de la medianoche. De repente, la puerta de roble y de doble hoja del despacho se abrió de par en par. Por un instante pareció entrar una enorme ola de aire frío que se clavaba en los huesos de los allí presentes. Todos se giraron sorprendidos. Nadie había oído unos pasos acercándose al despacho, y eso era algo que nunca ocurría. El viejo ayuntamiento, construido décadas atrás y que había soportado incendios una guerra civil e infinidad de reparaciones tanto interiores como exteriores, dejaba escapar tristes crujidos cuando alguien pisaba sus suelos de madera. Pero en esta ocasión nadie había oído nada.

Darelene tenía extendidos sus brazos, sujetando las dos hojas de la puerta. Su rostro impasible contrarrestaba con el terror que parecía haber invadido al equipo de gobierno de la ciudad, que la observaba en completo silencio. La figura de aquella mujer parecía ocupar todo el ancho de la puerta. El alcalde tragó saliva, quiso avanzar un paso, pero en su lugar apoyó su mano derecha sobre el respaldo de una silla tapizada en cretona que tenía al lado, porque sintió que podría caer al suelo de un momento a otro. La blanca piel de la mujer, resaltaba entre unos ojos enrojecidos y unos finos colmillos que sobresalían de su boca y descendían ligeramente por el labio inferior. Unos labios que parecían del mismo rojo sangre que los ojos.