viernes, 2 de marzo de 2018

CAPÍTULO PROMOCIÓN


Saludos. 

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Pero entonces un grito lo arrancó de golpe de aquellos pensamientos. Durante un segundo o quizás dos no supo de donde procedía el grito, pero al girar la vista hacia su derecha vio como una bicicleta de montaña aparecía por una bocacalle y se le echaba irremediablemente encima. No tuvo tiempo de reaccionar. Tan solo de ver y sentir cómo la bicicleta y el conductor se precipitaban sobre él. Primero fue la rueda delantera la que lo golpeó la pierna, y a continuación el manillar se hundió en la boca del estómago. Más que fuerte, fue un inesperado golpe. Que lo hizo caer. Todo su equipaje rodó por el suelo, y la bicicleta y el conductor cayeron justo encima de él.

Durante un instante, sintió una quemazón en el codo izquierdo, al igual que el peso de la bicicleta y el del conductor. Pero esto último empezó a disminuir apenas unos tres o cuatro segundos después. Continuaba en el suelo, sintiendo la quemazón del codo y con la cabeza hacia un lado, mostrándose ante sus ojos las bolsas de deporte esparcidas en medio de la calle. Retiraron la bicicleta de encima de él y a continuación una sombra se implantó justo encima, acompañándole una voz femenina, joven y bonita, pero muy preocupada.

—Oh que tonta he sido, cuanto lo siento de verdad.

Liberado del peso, giró la cabeza hacia dónde provenía la voz y entonces se encontró, a semi contra luz, con un rostro...con el rostro de mujer más bonito que jamás hubiese visto. La chica se inclinó con la intención de ayudarle a incorporarse. Pero durante un instante se quedó inmóvil, como si hubiera visto un fantasma. Sin saber qué hacer, donde mirar. Finalmente reaccionó.

—¿Estas bien? ¿Estás bien?  No sé cómo ha podido suceder, lo siento.

—No ha pasado nada, tranquila—. Contestó en voz baja intentando tranquilizar a la joven.

—Pero ¿de verdad estás bien? No tienes nada roto ¿verdad?— la joven estaba realmente preocupada y algo nerviosa.

—No, de verdad. Tranquila—, intentó calmarla— ¿Y tú estás bien?

Pero la chica no respondió. Lo ayudó a incorporarse. El aceptó la ayuda, y una vez puesto en pie se sacudió ligeramente los vaqueros. Entonces la joven descubrió la herida que tenía en el codo.

—Valla— dijo volviendo a notarse en su voz el tono de preocupación—. Lo sabía, sabía que algo te habría hecho.

Se miró el codo y vio la herida. La verdad era que al caer si había notado un raspón, y ahora veía el resultado: la piel raspada y un poco de sangre.

—Espera—, la chica volvió a acercarse a él. Del bolsillo trasero sacó un pañuelo blanco cuidadosamente doblado—. Está limpio—. Le confesó cuando creyó que el joven lo miraba con recelo. O por lo menos eso le pareció a ella, que con sumo cuidado cubrió la leve herida y lo sujetó con un ligero nudo. Mientras tapaba la herida, Dani miraba en completo silencio a la joven. Aunque sin llegar a ver su rostro, solo su flequillo. Que quedaba a la altura de sus ojos. Con facilidad llegaba el olor del perfume que ella llevaba. Estaban bastante cerca el uno del otro, en unos segundos que se hicieron muy intensos y en los cuales ninguno de los dos dijo nada. Porque aunque la chica intentó disimular mientras cubría la herida, se le notaba algo tensa.

—Espero que no se caiga— terminó por decir retirándose ligeramente.

—Es increíble que seas tú—. Hizo una pequeña pausa—. No me reconoces ¿verdad?—, preguntó finalmente Dani mirando de frente los preciosos ojos verdes de ella. Y allí estaba. Con unos ajustados y viejos vaqueros y una camiseta negra de manga corta.

Durante unos largos segundos hubo un nuevo silencio entre ambos. Ella distrajo la mirada un instante sin fijarla en ningún sitio en concreto, hasta que finalmente también le miró por primera vez, desde el atropello, fijamente a los ojos.

—Claro que te he reconocido Daniel—. Ahora el tono de voz era mucho más serio, bajo y algo preocupado. Y descubrió que estaba realmente guapo. Algo delgado, como siempre había sido él. Con una ligera barba, quizás de dos o tres días. Con aquella mirada tan reconfortante y su eterno gesto juvenil. Aunque en el fondo se podía notar una ligera alegría, que fuese por el motivo que fuese no terminaba de salir, notó Dani al mirarla detenidamente a la cara.

—¿Qué tal estás?

—Bien—. La chica tardó algunos segundos en contestar. Y cuando lo hizo fue con un movimiento de la cabeza algo nerviosa—. ¿Y tú?

Dani movió ligeramente la cabeza.

—Como si me hubiesen atropellado con una bici—. Su tono fue más bien bajo y de broma esbozando una ligera sonrisa sin otra intención que la de hacer reír a la chica. Y entonces descubrió lo que había echado de menos aquella sonrisa tan preciosa. Pero apenas consiguió verla. En los finos labios de ella se dibujó una diminuta sombra de la que él esperaba volver a ver. De la que recordaba. Sus miradas se cruzaron. Durante un par de segundos fue como si ninguno de los dos supiesen que decir. 

—Ha sido un milagro que no ocurriese nada grave—. Fue lo único que Noelia acertó a decir. Lo dijo en voz baja, como esperando una respuesta similar o incluso una aprobación del joven sobre lo que acababa de decir.

Pero justo en ese momento, alguien saludó a la chica. Esta se giró y vio que pasaba justo por detrás de ellos, protegida con la poca sombra que a esa hora de la tarde ofrecían las fachadas de las viviendas, una mujer que bordeaba los cincuenta. Noelia respondió al saludo, pues conocía a la mujer. El joven se volvió con la intención de empezar a recoger sus bolsas esparcidas por el suelo.

—Sí. Ha sido un milagro— murmuró de manera distraída.

—¿Cómo dices?—. Noelia se giró rápidamente hacia él. Apenas abrió la boca para responder cuando volvió a preguntarle—. ¿Qué has querido decir?

Notó un gran enfado en la voz de la joven, y no entendía muy bien a qué se debía. Incluso la mujer a la que Noelia acababa de saludar se giró un momento sin dejar de andar, mirando un poco alertada a la chica.

—Que has querido decir con “Si ha sido un milagro”—. Intentó imitarlo en la voz, incluso movió exageradamente las manos. Era como si aquella frase fuese la excusa o el pretexto que necesitaba para soltar el nerviosismo que le invadía. La chispa que hizo saltar todo por los aires.

Aquello le hizo gracia. Sonrió en silencio, aunque no pudo evitar que su rostro lo reflejase. Pero no lo hizo ni mucho menos con intención de reírse de ella.

—No he querido decir nada, solo que…

—¿Acaso crees o insinúas que ha sido culpa mía?—. La chica parecía realmente molesta. Pero era evidente que aquella reacción lo producía el propio nerviosismo que le invadía en esos momentos.

—No, claro que no— respondió él en un marcado tono de sarcasmo—. Me gusta ir por ahí lanzándome contra las bicicletas en marcha.

Noelia no supo que responder. Deseaba salir inmediatamente de aquella tonta situación en la que se había metido ella solita. Su rostro se enrojecía por momentos a causa de la angustia y el nerviosismo. Su cuerpo se movía torpemente y de manera graciosa.

—Y por cierto— continuó, que sin quererlo mostrar, le hacía gracia aquel repentino enfado de ella—, no regalan vales descuentos por ir atropellando a peatones ¿lo sabías?