miércoles, 20 de junio de 2018

Dueños de las Sombras


Buenas tardes. 

Aquí os dejo un fragmento de mi nueva novela Dueño de las Sombras I El Despertar que ya podéis adquirir en Amazon pinchando aquí. 



Berlín, mayo de 1945.

Hacía algo más de diez años que había visitado Berlín por última vez. Entonces fue en un fugaz viaje de novios. Llevaba casado ya casi un año con Alanis, pero no fue hasta pasados unos meses de la boda, cuando pudieron hacer aquel viaje que tanto deseaban y tenían que haber hecho nada más casarse, tal y como le decía su padre.
Ahora, pisando de nuevo las calles berlinesas, su corazón luchaba contra sentimientos encontrados. Tuvo que hacer un tremendo esfuerzo por no llorar, por evitar que las lágrimas recorriesen su sudoroso y sucio rostro al contemplar aquel infierno, aquel devastador espectáculo que brindaba al mundo entero una de las ciudades más hermosas que hubiese conocido de la vieja Europa.
Nunca se imaginó ver tal nivel de destrucción. Apenas uno o dos edificios en cien metros a la redonda se encontraban todavía en pie y enteros. Hacia su derecha, a escasos doscientos metros, entre toneladas de escombros y muerte, se encontraba el búnker del Führer. Seguramente no llegaría a entrar y ver aquel sitio. Durante días se decía que había sido víctima de saqueos, incendios… explosiones. Si las noticias eran ciertas, el responsable de arrastrar a ese bello país a la más absoluta miseria y hacerlo retroceder casi a la Edad Media llevaba muerto varios días.
Pero nada de eso le interesaba, pensó mientras resoplaba y se sentaba en lo que antes había sido un precioso banco de hierro fundido y que ahora no era más que un amasijo de hierros entre escombros. Se despojó del casco y se pasó la mano por el pelo empapado en sudor. Parecía un mes de mayo especialmente caluroso. Sintió colarse en sus pulmones el asqueroso olor a muerte que inundaba la capital alemana en los últimos meses. Encendió su último cigarrillo y, perdiendo la mirada en unos escombros que cubrían la entrada a una callejuela justo enfrente, se abandonó a unos minutos de paz y silencio. Un jeep cruzó en dirección contraria al búnker. Lo miró de reojo, era de los suyos. Podía incluso haber sido de los rusos, pero era norteamericano. Se encogió de hombros; la guerra ya había acabado, si no oficialmente sí extraoficialmente, o eso al menos creía. Durante aquellos días, circulaban muchos y variados rumores. Pero en su mente solo rondaba la idea de entregar aquel uniforme manchado de sangre y polvo, las armas, y regresar a su casa junto a su esposa y su hija. Había sido un año muy duro.
Algunos minutos después, cuando su bota izquierda pisaba la colilla del cigarro con pesada desgana, escuchó un ruido justo en frente, al otro lado de la desolada calle. Sabía que muchos de los civiles supervivientes recorrían durante aquellos días las ruinas de lo que meses atrás fue su ciudad, su hogar. Buscaban, todavía, a familiares desaparecidos, amigos, vecinos, algo que comer...
Pero cuando alzó la mirada, no encontró a primera vista nada ni a nadie. Cogió el fusil y colocándose de nuevo el casco miró hacia el frente. Entonces le pareció ver algo intentando esconderse, moverse, deslizarse incluso, entre los escombros. Con paso lento y empuñando el rifle con mano firme, cruzó hasta el otro lado de la calle. Cascotes enormes, paredes derruidas, vigas de madera partidas algunas y quemadas la mayoría. Miró a su alrededor. Sobre su cabeza, a la izquierda, pudo ver el interior del primer piso del edificio más cercano. Prácticamente solo quedaba en pie la estructura principal; las paredes que delimitaban unas habitaciones con las otras y las paredes que daban al exterior habían desaparecido en su mayor parte. Todo en el interior estaba igualmente destruido y quemado. Los restos de lo que antes había sido un hogar no eran ahora nada más que un espacio desolado y muerto. El edificio por completo amenazaba con derrumbarse de un momento a otro.
Pero de nuevo, volvió su atención hacia los escombros que cubrían la calle. A pocos metros pareció moverse algo entre unas puertas viejas y un pequeño carro de madera sin ruedas. Avanzó lentamente apuntando con el rifle.
—Seas quien seas sal de ahí ahora mismo —ordenó alzando la voz y sin dejar de avanzar con pasos muy cortos y lentos—. Sal ahora mismo—, insistió, con su pobre acento alemán que había aprendido para el viaje de novios. Era un idioma que le gustaba, le agradaba escuchar, por lo que nunca había consentido que sus pocos conocimientos sobre este se le olvidaran.
De nuevo un pequeño ruido, como si algo se arrastrase por el suelo y moviese restos de escombros con su propio cuerpo.
—No voy hacerte nada —insistió sin dejar de apuntar—. Será mejor que salgas.
Avanzó un par de pasos más; entonces, sus pies se clavaron en el desgastado asfalto de la calle. Estaba completamente rodeado de escombros y restos de muebles de las viviendas cercanas, así como de algún que otro carro que en algún momento fue tirado por caballos y un par de vehículos calcinados. En ese momento, su mirada se clavó en el frente, casi en el centro de la calle, a poco más de dos metros de donde se encontraba en ese momento. Durante unos instantes apuntó con el rifle, aunque no sabía muy bien porqué lo hacía, pero no bajó el arma.
Tragó saliva. Sintió cómo el sudor frío resbalaba por su rostro cuando, de pronto, una figura que no parecía humana apareció de detrás de unas maderas medio calcinadas y le miró con ojos grandes, negruzcos y brillantes desde el suelo. Su boca parecía más bien un agujero deforme y oscuro que dominaba toda la parte inferior de una cabeza grisácea y de aspecto resbaladizo, incluso gelatinoso, sin pelo y sin orejas. Cada dos segundos, la boca se abría en un gesto similar a la de un pez cuando se encuentra fuera del agua. Y al abrirse, salía una especie de sonido cavernoso, como si le costase respirar o como si estuviera gruñendo.
El dedo del soldado se movió suavemente por el gatillo del rifle, pero no llegó a disparar. A pesar de su aspecto débil y repugnante a la vez, sintió algo de pena por aquella cosa que, tras mirarlo unos segundos con aquellos negruzcos y grandes ojos, se arrastró torpemente hasta una alcantarilla cercana y por entre una rendija de algunos centímetros que dejaba al descubierto la metálica y pesada tapadera, deslizó su cuerpo como si fuese mantequilla derritiéndose. No parpadeó ni un solo instante por miedo a dejar de verlo. Hasta que finalmente aquella «cosa» desapareció por la alcantarilla.
Durante su participación en la Segunda Guerra Mundial, desde junio de 1944 en el que desembarcó en Normandía, había presenciado cosas terribles, horrendas, incomprensibles, había sido testigo directo del año más sangriento de la guerra y presenciado hasta dónde puede llegar el ser humano en situaciones tan extremas, pero aquello parecía sobrepasar todo lo visto hasta el momento. Quiso acercarse al borde de la alcantarilla, intentar ver si aquello había desaparecido del todo o solo estaba escondido. Pero sus pies no reaccionaron, y su cerebro tampoco hizo nada por mover las piernas. Volvió a tragar saliva, el nudo en la garganta parecía no querer abandonarlo.
—Soldado. —Una voz autoritaria le sacó bruscamente de aquel extraño momento.
Reconociendo al instante aquella voz, se giró. Se trataba de Curtis, el sargento de su grupo, un hombre de mediana estatura y anchos brazos, con el pelo rapado al cero. Eran amigos desde hacía varios años, ya que vivían en el mismo pueblo y coincidían muchas veces para tomar unas cervezas después del trabajo. Se volvió hacia su sargento. Un nuevo jeep se había detenido en medio de la calle y el sargento de pie junto al asiento del copiloto le miraba con gesto serio.
La alcantarilla quedó atrás. Varios días después, regresó a casa con su familia y, durante algunos años, aquel pequeño detalle mientras hacía guardia quedó en el olvido.  


I   
En la actualidad 
                            
Las primeras gotas de lluvia empezaron a caer de manera tímida y casi como pidiendo permiso. Desde primeras horas, la ciudad amaneció sumergida entre grisáceos nubarrones que amenazaban con descargar en cualquier momento. Cuando Sara miró durante un fugaz instante por la puerta de cristal, vio que más allá del viejo tejado metálico que cubría los tres surtidores, el suelo empezaba a mojarse gota a gota, dejándolo en un tono gris oscuro. Pero no le dio importancia alguna, solo eran unas simples gotas de agua. El peso del revólver que sujetaba con la mano derecha la devolvió a la realidad de la que aparentemente aquellas gotas de lluvia la habían alejado. El brazo derecho parecía haber bajado ligeramente, pero enseguida lo volvió a subir. Su rostro también parecía haberse relajado, y el gesto amenazante con el que había entrado hacía apenas un par de minutos volvió a dibujarse al tiempo que el cañón de su revólver apuntaba a la chica que, aterrada, no se atrevía a moverse tras el mostrador en el que se encontraba.
—Mete todo el dinero en la bolsa —ordenó, intentando transmitir en su tono de voz el toque de autoridad que necesitaba. La bolsa de deporte de color negro que sujetaba con la mano izquierda voló ligera cruzando el poco más de metro y medio de distancia que separaba a Sara del mostrador principal.
La dependienta, una joven de alrededor de veinticinco años, pelo moreno, estatura mediana, quizá algo delgada, y que parecía estar a punto de descubrir en su rostro un nuevo tono de blanco causado sin duda alguna por el miedo del momento, estiró el brazo derecho y logró parar la bolsa de deporte junto a la caja registradora. Durante un instante, sintió cómo el terror paralizaba su cuerpo por completo, y su mirada se dirigió a la joven del revólver. Sara, sin dejar de encañonarla a la cabeza, le señaló la caja registradora con la mirada y un gesto autoritario de la cara. La chica empezó a meter de manera muy nerviosa el dinero en la bolsa.
—Acabaremos enseguida y nos largaremos —sentenció Marco convencido de ello.
Marco se encontraba justo en medio del pequeño establecimiento, de espaldas a la puerta principal. A su izquierda, se ubicaba el mostrador y junto a la puerta, Sara. Frente a él, un segundo dependiente de la gasolinera: un chico de treinta años con uniforme rojo y blanco, similar al que llevaba su compañera, que guardaba en esos momentos en completo silencio el dinero en la bolsa de deporte. El chico dejaba escapar enormes gotas de sudor frío desde el momento en que Marco irrumpió en el interior del local colocándole el cañón de su revólver a pocos centímetros de los ojos. Ninguno de los dos empleados había tenido tiempo de activar la alarma silenciosa que tenía la gasolinera para casos como el que estaban viviendo en esos instantes.   

Los segundos parecían pasar como si de siglos se tratasen. La dependienta llenaba de manera nerviosa la bolsa con el dinero, mientras que Sara no dejaba de apuntarle con el arma. Y Marco, curiosamente situado en el centro del local y apuntando con el revólver al chico, parecía mantener un rictus tranquilo, como si el atracar gasolineras fuera algo muy habitual en él.