lunes, 23 de julio de 2018

TINIEBLAS (El LORD DE LA OSCURIDAD)


Apenas logro enlazar tres líneas con sentido alguno. Mi cuerpo se convulsiona entre las sabanas de mi vieja cama. La ventana cerrada. No dejo que entre ni un rayo de sol. OH! Señor haz que se detenga este dolor que recorre mi cuerpo y mi alma. Al otro lado de las densas cortinas que impiden que entre la luz del día, está tu recuerdo. Todavía las sabanas mantienen tu olor a mujer. Mi memoria todavía retiene, y lucho porque no se esfume, tu característico sonido al sonreír.
Imagen Pixabay

Me debato entre las tinieblas que antaño fueron días felices. Días repletos de color y amor. Pero las tinieblas avanzan. Lucho contra ellas, como el más fiero de los guerreros ante sus enemigos blandiendo su espada mortal, pero presiento que perderé. Siento que las fuerzas empiezan a no querer obedecerme más. ¿Dónde estás luz? Te busco entre la oscuridad, te oigo en la lejanía, pero no logro alcanzarte. Tu sonido a cada segundo que pasa es más débil, más lejano. Tropiezo. Cómo me hubiera gustado caer entre tus brazos, entre tu piel. Pero caigo en un frio suelo de piedra. Piedras resbaladizas, que me hacen caer sin control al agujero del olvido. Abro mi boca queriendo gritar, pero no logro articular sonido alguno. Tu mano se dibuja tímida y lejana entre la oscuridad. Alargo mi brazo pero no alcanzo a tocarte. OH! Como ansío aferrarme a ti. Desesperación. No quiero dormir siendo las tinieblas las sabanas que me protejan del frío en la eterna noche que me aguarda. Quiero despertar. Abrir esas cortinas y encontrarme de nuevo con tu sonrisa. Perderme en el infinito espacio que encierran tus ojos. Siento dolor. Quiero llorar. Mi alma se estremece mientras de fondo el ruido de la calle se hace eterno. El sonido se confunde con la oscuridad, y eso me desconcierta. ¿Dónde estoy? No logro ver nada apenas a unos centímetros más allá de mis ojos, que se abren ansiosos. Camino con miedo. No recuerdo el sonido de mi voz. Quizá esté hablando, pero logro oír nada de lo que digo.

Percibo mi alma errante entre mundos, para unos imaginarios para otros reales. Para mí son reales. Tan reales como el dolor que siento al caer contra las resbaladizas piedras y a continuación despeñarme por el inmenso agujero de la oscuridad y el olvido.

Grito en mi cama. Estoy solo. Convulsiones. Mis manos temblorosas apenas logran sujetar la pluma para escribir estas últimas líneas. Como un capricho del destino oigo tu voz, tu sonrisa. Me giro esperanzado de encontrarte frente a mí, pero no te encuentro. Quizá consiga la paz que tanto ansío si me entrego a las tinieblas. Quizá mi alma deje de sufrir, y mi mano deje de temblar y pueda al fin sostener con firmeza la pluma al escribir. Quizá mi destino sea estar perdido en la oscuridad por siempre.