sábado, 11 de agosto de 2018

Cita en el Cementerio


Buenas tardes. MI último relato se titula "Cita en el Cementerio".

De muestra, os dejo las primeras lineas. Si os gusta podéis adquirirlo pinchando aqui. Gracias.





CITA EN EL CEMENTERIO

Comienzo este relato en un momento en el que sólo soy la voz de lo que antes llegó a ser una persona. Un joven con un buen puesto de trabajo, una mujer encantadora y lo que parecía un futuro bastante prometedor.

 ¿Ahora? Ahora no sé si estoy vivo o muerto. Si camino entre quienes respiran ríen y sufren o si por el contrario mis huesos yacen en algún nicho de algún triste cementerio pudriéndose desde hace años.
Mi relato comienza una tarde a finales de octubre. Una tarde lluviosa y algo fría en la que el invierno parecía querer ocupar el sitio de un otoño que pasaba inadvertido por la ciudad en la que por aquel entonces vivía.


Aquella tarde me acerqué al cementerio con la intención de hablar un poco con mi abuelo. Llevaba algo más de un año enterrado en uno de los nichos de la parte más nueva del cementerio de la ciudad y casi todas las semanas intentaba sacar un hueco, aunque solo fueran cinco minutos, para hacerle una pequeña visita y contarle como marchaba mi vida sin él. A veces me imaginaba que al otro lado del frío mármol el ataúd en el que descansaba mi abuelo se abría ligeramente y sus manos, ya sin carne y sin músculos, solo los huesos, intentaban salir sin éxito.
Sujetando el paraguas con la mano izquierda, contemplé el nicho. Lo echaba tanto de menos que en esas tardes que acudía al cementerio recordaba en silencio los buenos momentos pasados con él. Las partidas de cartas en su casa, sus chistes graciosos pero a la vez tan malos. Siempre me reía con aquellos chistes.

Apenas veinte minutos después abandoné el cementerio. Un guarda de seguridad paseaba por entre las calles de nichos anunciando a los visitantes, agitando una pequeña campana con la mano derecha, que faltaban diez minutos para cerrar. Crucé la enorme puerta de hierro forjado de dos hojas y me dirigí hacia la parada de autobús que apenas estaba a una veintena de metros. Normalmente hacía mis traslados en mi propio coche, pero en esta ocasión lo tenía en el taller mecánico, por lo que me veía obligado a utilizar el transporte público.

Cuando me situé bajo la marquesina de color rojo, cerré el paraguas. En esos momentos caía una fina lluvia al tiempo que la ciudad, frente a mí, parecía sumergirse en una densa capa de niebla con la silueta de los edificios recortándose en el tono grisáceo de aquella tarde. Durante unos instantes ojee el móvil en busca de mensajes nuevos. Nada.

Alguien llegó y se cobijó bajo la marquesina. Cuando acabé con el móvil, guardándolo de nuevo en el bolsillo de la cazadora, miré hacia mi izquierda y me encontré con una imagen, con la imagen, que desde ese mismo instante cambió mi vida. No sé si para bien o para mal. Si todo lo que me sucedió a raíz de ver aquella imagen que se protegía de la lluvia bajo la marquesina, estuvo en el lado bueno o malo de la vida o de la muerte.

Se trataba de la chica más bonita, dulce y tierna que podría haberme encontrado jamás. El tiempo pareció detenerse. El agua dejó de caer, las gotas parecieron quedarse suspendidas en el aire. Fue cómo si la realidad hiciera un alto en aquel preciso instante en que la vi por primera vez. Todo a mí alrededor se detuvo.

—Hola—Su voz dulce pareció mezclarse con el sutil sonido de la lluvia que había caído en esos momentos, pues ya he dicho que pareció detenerse. A partir de entonces, y sin saberlo todavía, me encontré en un laberinto de incertidumbres. De miedos, de angustias y de deseos.

—Hola—acerté a decir.

Y durante mil eternidades quedé a su merced.


Continúa...